| Foto de Marten Bjork |
Crecí queriendo
ser parte del grupo. Ser querida por los demás.
Jamás una nerd con el cabello en los ojos sería aceptada entre las populares. Menos una canuta declarada, a la que trataban de monja porque no tenía novio a los 12 años.
En esa época me sentaba sola y al fondo del salón de clases, en un banco para dos personas. En los recreos (breaks) hablaba con mis amigos de otros cursos, casi nunca con los de mi salón.
Jamás una nerd con el cabello en los ojos sería aceptada entre las populares. Menos una canuta declarada, a la que trataban de monja porque no tenía novio a los 12 años.
En esa época me sentaba sola y al fondo del salón de clases, en un banco para dos personas. En los recreos (breaks) hablaba con mis amigos de otros cursos, casi nunca con los de mi salón.
En la iglesia me
sentía como en una dimensión paralela, tenía amigos y compartía con ellos, sin embargo,
la sensación de rechazo me perseguía. La reflejaba en mis inseguridades sobre
mi apariencia, creyendo que no era lo suficientemente bonita como para gustarle
al chico que me gustaba, ni para ser la mejor amiga de alguna chica, siempre otra lo era.
Siempre algo me
apartaba, me sentía diferente.
Me enfurecía que
alguien dijera que era amorosa, tierna. Quería ser una mujer segura de sí
misma, como en las películas: Una mujer exitosa, con un
gran trabajo, vestida a la moda, deportista. Siempre bebiendo mucho café. Llena de reuniones y con un flamante novio que también es exitoso.