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| Foto de Anastasiya Pavlova. |
Recuerdo que en esa época siempre me gustaba alguien, incluso
muchachos que no conocía, me gustaban solo porque me parecían lindos. Este hábito me siguió hasta la universidad. Nunca
tuve novio (o pololo como decimos en Chile). Me titulé de la universidad,
siguieron pasando los años, seguía sola. Pero a medida que pasaban los años y
alguien me preguntaba si tenía novio y respondía:
—No,
no tengo.
—¿Pero
cómo? ¿Por qué estás sola?
Ese tipo de situaciones me hacían sentir pésimo. Cuando
tenía 29 años, después del fallecimiento de mi madre, tuve una relación de tres
meses. A él nunca lo quise, éramos agua y aceite, no teníamos nada en común. Solo
inicié esa relación para no estar sola, extrañaba mucho a mi mamá, no quería
enfrentar su pérdida. Ha sido una de las cosas más egoístas que he hecho.
Pasé a mi tercera década de vida. Mis treinta comenzaron
como pesadilla, porque agregado a la conversación que cité unos párrafos más
arriba se sumó la frase: