No es fácil obedecer siempre a Dios, sobre todo cuando nos
pide hacer cosas que no nos gustan o sabemos que no le gustarán al que las
escucha, lee o recibe.
Siempre he estado feliz del lugar donde Dios nos dio para
vivir, un lugar tranquilo a los pies de un cerro. Bajo el mismo cerro, hoy a
las tres de la tarde me asustó un fuerte sonido. Vi con decepción y algo de
miedo que eran fuegos artificiales. Acá en Chile, se lanzan estos fuegos
artificiales para avisar que llegó “la merca” como se dice en las poblaciones,
es decir, “llegó droga, venga a comprar”.
Los noticieros invaden con los peores recuentos a nivel
económico. El 15% de los infectados por covid-19 sale de sus domicilios a
trabajar, porque si no, no come. Hoy vi que, en la comuna de Puente Alto, en el
centro del país, había vecinos quejándose de los disparos, robos, y mala vida
dentro de su condominio, condenaban a las policías por no hacer presencia al
llamarles para controlar estas situaciones. Por otro lado, están los Black Friday
de las tiendas, ofreciendo sus productos como si nada pasara.
Como es mi costumbre le pregunté a Dios: “¿qué escribo?”,
abrí mi Biblia (Traducción al lenguaje actual – TLA), pensando en que la
palabra de Dios me hablaría sobre otro tema, y leí el subtítulo en el libro de
Isaías “Dios da a cada uno su merecido”.
Cuando comenzó la pandemia, abundaban las profecías, sueños,
sobre lo que se venía.
También recuerdo que una pastora tuvo una revelación de
Dios, de la que ya comenzaron a pasar: pastores conectados a respiradores, hambre,
saqueos. Por otro lado, una hermosa joven escribió:
“Vi subir del Mar una criatura blanca parecida a un dragón
de mar con 3 cabezas. Su cuerpo tocaba el mar y su cabezas el cielo. La cabeza
del medio abrió la boca y el desorden tocó la tierra. Guerra, hambre y caos.
Pero me abrazo y me dijo es necesario que esto pase para que se cumpla mi palabra”
(SIC).
Esther Barranco, 20 de abril de 2020