Foto de Maxim Tajer. |
Esa mañana oré a Dios de una forma en que no lo había hecho. Tenía 11 años y estaba haciendo aquella oración al final de la iglesia, donde las bancas de color rojo y sin respaldo eran apoyadas en las paredes laterales. Esa tarde recibí el fuego, sentí que algo entró en mi pecho y comencé a llorar. No supe que era el fuego hasta que una anciana de la congregación me lo dijo al terminar la reunión de ese día domingo. Los días siguientes fueron para mí muy especiales, andaba contenta, daba saltos al caminar y elegía mi ropa con cuidado porque quería andar linda, todo acorde a mi nuevo estado.
A diferencia de hoy, este tema se hablaba mucho en el pasado: el temor de Dios (no miedo), de respetarle porque no solo es amor, sino fuego consumidor. En la actualidad no se habla mucho de estos temas en las iglesias y redes sociales, mayormente se habla de las increíbles cosas que Dios puede hacer con nosotros.
Mi primera experiencia con Dios fue a los tres o cuatro años más o menos, me habló a través del Espíritu Santo. En esa ocasión mi papá consiguió trabajo, había estado casi todo el año trabajando como taxista, con el finiquito del trabajo anterior tuvo que pintar de taxi el auto familiar. Cuando nos dio la gran noticia, era diciembre, y comencé a saltar diciendo: “El Viejito Pascuero (Santa Claus) le dio trabajo a mí papá”, de pronto sentí una presencia en mi oído derecho, que sin hablar, me dijo “Fui yo”, mientras sentía esa voz que no me hablaba (es muy difícil de explicar) me quedé quieta, cuando terminó de decirme que fue Él, comencé a saltar de nuevo gritando “Diocito le dio trabajo a mi papá”.
